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| Conrad, en su etapa de traficante de armas para los carlistas |
El intruso
Joseph Conrad, cuyo nombre polaco original me abstendré de reproducir, fue un aventurero a la altura de los protagonistas de sus historias.
La intrusión
Los Duelistas es ágil y hermosa. Tan rápida, que la ópera prima de Ridley Scott no necesitó guión: pegándose de forma absolutamente fiel a la novela, fotograma a fotograma, el resultado fue una obra maestra del cine de sólo 101 minutos de duración.Feraud y D´Hubert son dos jóvenes tenientes de húsares de la Grande Armée que a lo largo de las sucesivas campañas napoleónicas van coleccionando ascensos y combates en el campo del honor con Europa entera como escenario.
El conflicto que los lleva a su íntima enemistad es tan nimio y tan absurdo que "nin sequera ten contadoiro" y precisamente por eso, el misterio que lo envuelve y la valentía con que se conducen los implicados convierte el asunto en una leyenda dentro del ejército; baste decir que Feraud (meridional, bajito, cetrino, aguileño, bravo, pendenciero, de un honesto primitivismo) es un hombre de tal testarudez y enconamiento que, pese a la más reflexiva naturaleza de D´Hubert (nórdico, alto, juicioso, de una más noble ascendencia y de un no menos honesto -sólo más sofisticado- modo de ser), no vale aquí la máxima de que "dos no se pelean si uno no quiere". Se trata del honor de dos valientes.
"La terminación del estado de guerra -única condición social que conociera- el espantoso

Imprescindibles ambas, novela y película están en los respectivos top-30 de mis predilectas
espectáculo de un mundo en paz, le aterrorizaba".

Ninguno de los dos se deshonra a lo largo de los dieciséis años que dura su enfrentamiento. Llegan a colaborar codo con codo en el campo de batalla contra el enemigo, e incluso, cuando el Emperador pasa a ser "El Otro", "El cautivo de Santa Elena" y D´Hubert se ve favorecido con la confirmación de su generalato en el ejército de la Restauración, intercede ante el siniestro Ministro de Policía Fouché para que haga desaparecer el nombre de Feraud de la lista de generales bonapartistas que habrán de ser ejecutados como escarmiento.
Nunca hubiera permitido Feraud, de conocerla, dicha intercesión, y sólo ceja en su empeño de "cobrarse" la deuda de honor que considera que su rival tiene contraída con él cuando éste finalmente le derrota en duelo y le condena a vivir sabiendo que su vida, por las leyes del honor, ahora le pertenece. D´Hubert, de nuevo en secreto, hará llegar a partir de entonces al derrotado Feraud una pensión para su sustento. Al fin y al cabo, ha de agradecerle una bonita aventura compartida, y también el haber comprobado, gracias al peligro que para su vida supuso este último duelo, que su joven prometida en efecto le amaba.

