miércoles, 17 de septiembre de 2014

A Sangre Fría

El intruso


Del compositor de “Música para Camaleones” (que espera turno en mi estantería, en primorosa compañía) había leído únicamente su “Desayuno con Diamantes”, que es infinitamente mejor, más íntimo –más íntimamente explícito-, que la película que llenó de Audreys las tiendas de pósters del mundo.

En mi representación mental de aquella historia, eso sí, la imagen física de Holly Golightly se correspondía con su versión cinematográfica, que por supuesto yo –con todos los demás- tenía ya incorporada a mi imaginario antes incluso de haber visto la película.

De Truman Capote pienso lo que todos, porque opino que en este caso el estereotipo del personaje se ajusta seguramente a la realidad de la persona: culto, amaneradamente refinado, chismoso, sensible, probablemente una mariquita mala y sobre todo un prosista entretenidísimo.

Interesante, además, en cuanto a miembro de la jet-set neoyorkina y hollywoodiense de los 50-60 (LA ÉPOCA, en lo que a yanquilandia se refiere); por lo que vivió, porque bailó con Marilyn y bebió con Sinatra. Y, claro, porque considero que es el heredero “oficial” de la Lost Generation (LA GENERACIÓN, en lo que a las Letras yanquis se refiere).

Además, el organizador de la Black and White Ball fue el villano de la genial "Un Cadáver a los Postres".

La intrusión


“A Sangre Fría” no está escrita a sangre fría. Sean más o menos exactas las películas “Capote” (Bennet Miller, 2005) e “Historia de un Crimen” (Douglas McGrath, 2006), lo cierto es que sin duda el autor se implicó profundamente con un proyecto que a todas luces debió de resultar psicológicamente devastador.

 No podemos dejar de recrear la imagen de un rechoncho hombrecillo de voz repelente, paradigmáticamente snob, recorriendo con amaneramiento un pequeño pueblo del Mid-West en los tempranos 60, preguntando aquí y allá a los rednecks de Holcomb por los Clutter, por las costumbres y amistades de una familia enormemente respetada y querida en una comunidad que rompió en recelo tras un crimen para ellos inexplicable.

Y mucho menos podemos obviar la particular fascinación que, si atendemos a lo que deja traslucir el libro, experimentó Capote por uno de los criminales, Perry Smith, quien según la verdad judicial y su propia confesión fue el autor material de los cuatro asesinatos; Smith encarna un tipo humano sin duda singular: mestizo hijo de escocés (o irlandés, no recuerdo) e india americana, de infancia violenta y falta de cariño, no exento de sensibilidad e inteligencia y con unos mecanismos mentales verdaderamente interesantes que lo hacen capaz, pese a todo, de asesinar conscientemente, con discernimiento.

Claro que la imaginación siempre puede abrir la puerta que sea: dar la vuelta a la llave y dejar paso al terror”.


Años de investigación sobre el terreno y de entrevistas personales con los principales implicados vivos en el crimen y la posterior investigación y proceso judicial (asesinos incluidos) se traducen en una minuciosa reconstrucción de los hechos que, habiendo sucedido realmente, nos son narrados utilizando los ritmos, técnicas y recursos propios de la novelística: la piedra fundacional de la non-fiction novel, la narrativa periodística. Desasosegante y absolutamente entretenida. Si a un niño se le introduce en la lectura con “Matilda”, Julio Verne, Salgari o, -idealmente- “La Isla del Tesoro”, en este momento no se me ocurre mejor “gancho” para los potenciales lectores preadolescentes que “A Sangre Fría”.

A propósito: desconozco si “El Combate” de Norman Mailer puede ser encuadrada canónicamente dentro de la non-fiction novel, pero a mí me parece otra gran catedral del género.


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